La soledad

04.02.2026

Cuando hablamos de soledad, no nos referimos únicamente a estar a solas o a no tener gente alrededor. Hablamos de un sentimiento desagradable que aparece cuando buscamos conexión, compañía o comprensión emocional… y no la encontramos o ya no está.

En inglés existe una distinción muy interesante con dos palabras diferentes:

  • Solitude, que hace referencia a una soledad deseada, elegida, que puede ser neutra o incluso agradable.
  • Loneliness, que es la soledad no deseada, la que genera malestar.

En castellano y en valenciano no existe esta diferencia léxica tan clara, por lo que solemos hablar de soledad deseada y soledad no deseada.
Y es precisamente de esta última, la que no elegimos y que afecta a nuestra salud mental, de la que quiero hablar aquí.

¿Por qué nos sentimos solos?

La soledad aparece, sobre todo, cuando las relaciones que tenemos no son como nos gustaría a nivel emocional.
Es una cuestión de calidad y no tanto de cantidad.

Podemos estar rodeados de familia, amistades o pareja y, aun así, sentirnos solos. Esta sensación aparece con frecuencia cuando no nos sentimos comprendidos o escuchados, en etapas como la adolescencia, en personas que no encajan del todo en lo que se espera socialmente, o después de una pérdida importante.

La soledad y la salud mental

Como especie, necesitamos a los demás para sentirnos seguros. Por eso, cuando nos sentimos excluidos o desconectados del grupo, nuestro cuerpo lo interpreta como un peligro y responde con estrés.

La soledad funciona como una alarma emocional: resulta molesta, pero nos está indicando que necesitamos volver a conectar.
El problema no es sentir soledad alguna vez, sino quedarnos en ella durante mucho tiempo.

Un problema cada vez más presente

Según la Organización Mundial de la Salud, un 16 % de la población en Europa se siente sola, es decir, 1 de cada 6 personas. En España, la cifra asciende al 20 % de la población adulta, y en la Comunitat Valenciana es todavía algo mayor: un 21,4 %.

Es más frecuente en jóvenes entre 18 y 34 años y en personas mayores a partir de los 75.

Ante estos datos, países como Reino Unido y Japón han creado el Ministerio de la Soledad para abordarla como un problema social y de salud pública.

¿Y los niños y las niñas?

La soledad no es solo cosa de adultos. Los niños y las niñas también pueden sentirse solos. Puede aparecer en la escuela, en actividades extraescolares o incluso en casa.

En la infancia, esta soledad no siempre se expresa con palabras, sino a través del comportamiento o del cuerpo: irritabilidad, tristeza, aislamiento, miedo a ir a la escuela o dolores de estómago o de cabeza. Es decir, el cuerpo habla cuando todavía no tenemos palabras.

La soledad que acompaña a un dolor que no sabemos expresar

A lo largo de la vida también podemos vivir una soledad más interna, relacionada con un malestar que no sabemos explicar. Puede sentirse como un vacío, una tristeza difusa, nerviosismo persistente o angustia sin una causa clara.

Sabemos que algo no va bien, pero no sabemos cómo decirlo, y eso puede hacer que nos sintamos aún más incomprendidos, incluso estando acompañados. En estos casos, hablar con un terapeuta puede ayudarnos a poner palabras, entender lo que nos pasa y trabajar aquello que no vemos a solas.

¿Qué podemos hacer frente a la soledad?

Podemos estar más atentos a nuestro entorno, escuchar sin prisas ni juicios y no minimizar lo que siente la otra persona.

Y si somos nosotros quienes nos sentimos solos, podemos parar un momento y preguntarnos si estamos compartiendo cómo nos sentimos realmente, si estamos poniendo palabras a nuestros miedos, ilusiones y preocupaciones.

Escuchar la soledad, entenderla y darle espacio es una manera de cuidarnos y de mirarnos con más compasión.

¿Seguimos hablando?