La soledad
Cuando hablamos de soledad, no nos referimos únicamente a estar a solas o a no tener gente alrededor. Hablamos de un sentimiento desagradable que aparece cuando buscamos conexión, compañía o comprensión emocional… y no la encontramos o ya no está.
En inglés existe una distinción muy interesante con dos palabras diferentes:
- Solitude, que hace referencia a una soledad deseada, elegida, que puede ser neutra o incluso agradable.
- Loneliness, que es la soledad no deseada, la que genera malestar.
En
castellano y en valenciano no existe esta diferencia léxica tan clara, por lo
que solemos hablar de soledad deseada y soledad no deseada.
Y es precisamente de esta última, la que no elegimos y que afecta a nuestra
salud mental, de la que quiero hablar aquí.
¿Por qué nos sentimos solos?
La
soledad aparece, sobre todo, cuando las relaciones que tenemos no son como nos
gustaría a nivel emocional.
Es una cuestión de calidad y no tanto de cantidad.
Podemos estar rodeados de familia, amistades o pareja y, aun así, sentirnos solos. Esta sensación aparece con frecuencia cuando no nos sentimos comprendidos o escuchados, en etapas como la adolescencia, en personas que no encajan del todo en lo que se espera socialmente, o después de una pérdida importante.
La soledad y la salud mental
Como especie, necesitamos a los demás para sentirnos seguros. Por eso, cuando nos sentimos excluidos o desconectados del grupo, nuestro cuerpo lo interpreta como un peligro y responde con estrés.
La
soledad funciona como una alarma emocional: resulta molesta, pero nos
está indicando que necesitamos volver a conectar.
El problema no es sentir soledad alguna vez, sino quedarnos en ella durante
mucho tiempo.
Un problema cada vez más presente
Según la Organización Mundial de la Salud, un 16 % de la población en Europa se siente sola, es decir, 1 de cada 6 personas. En España, la cifra asciende al 20 % de la población adulta, y en la Comunitat Valenciana es todavía algo mayor: un 21,4 %.
Es más frecuente en jóvenes entre 18 y 34 años y en personas mayores a partir de los 75.
Ante estos datos, países como Reino Unido y Japón han creado el Ministerio de la Soledad para abordarla como un problema social y de salud pública.
¿Y los niños y las niñas?
La soledad no es solo cosa de adultos. Los niños y las niñas también pueden sentirse solos. Puede aparecer en la escuela, en actividades extraescolares o incluso en casa.
En la infancia, esta soledad no siempre se expresa con palabras, sino a través del comportamiento o del cuerpo: irritabilidad, tristeza, aislamiento, miedo a ir a la escuela o dolores de estómago o de cabeza. Es decir, el cuerpo habla cuando todavía no tenemos palabras.
La soledad que acompaña a un dolor que no sabemos expresar
A lo largo de la vida también podemos vivir una soledad más interna, relacionada con un malestar que no sabemos explicar. Puede sentirse como un vacío, una tristeza difusa, nerviosismo persistente o angustia sin una causa clara.
Sabemos que algo no va bien, pero no sabemos cómo decirlo, y eso puede hacer que nos sintamos aún más incomprendidos, incluso estando acompañados. En estos casos, hablar con un terapeuta puede ayudarnos a poner palabras, entender lo que nos pasa y trabajar aquello que no vemos a solas.
¿Qué podemos hacer frente a la soledad?
Podemos estar más atentos a nuestro entorno, escuchar sin prisas ni juicios y no minimizar lo que siente la otra persona.
Y si somos nosotros quienes nos sentimos solos, podemos parar un momento y preguntarnos si estamos compartiendo cómo nos sentimos realmente, si estamos poniendo palabras a nuestros miedos, ilusiones y preocupaciones.
Escuchar la soledad, entenderla y darle espacio es una manera de cuidarnos y de mirarnos con más compasión.

